Fue el día 25 de julio, y no hemos hecho una crónica gallega.. Asumo toda la responsabilidad, pero lo cierto es que la brillantez de las actualizaciones de mis compañeros eclipsaron mis ganas de escribir algo sobre este día, día de Galicia, que se celebra especialmente en la capital. También influyó que ese día, quise celebrarlo improvisando, porque estaba segura que Galicia no me fallaría. Así que, con unos sacos de dormir, una resaca que olvidar, y una buena compañía, me fui a la playa. (Sí, sí, aunque las nubes se hayan enamorado del Noroeste y hayan decidido pasar aquí el verano, a veces nos abandonan y nos dejan ir a la playa). El plan era aún desconocido, ya que a la fiesta de gala de Riveira no nos apetecía ir, porque no sabíamos bien en que consistía, y el destino nos llevó a Louro, para disfrutar de sus playas y su tranquilidad. Pero había fiestas también en este sitio, y descubrimos que cualquier día es bueno para aprovechar las alternativas que ofrece siempre Galicia, sea cual sea el plan que se busque, y qué mejor que algún pueblo costero gallego para celebrar el día de Santiago.
Y, además de estas impresiones casi propias de una promoción turística, aprovecho para hacer elucubraciones desde esta sencilla parte del mundo, en la que la luna, algunas veces, como ayer, parecía más grande y más brillante, y eclipsó también cualquier otra idea de actualización del blog por mi parte. Siempre me fascinó ese extraño poder que ejerce sobre nosotros la luna. O, por lo menos, sobre mí.
Es una especie de admiración a la belleza de aquello que se nos escapa, que posiblemente nunca podamos ni tocar, pero que con frecuencia, especialmente en las noches de verano, podemos ver. ¿Cuántas veces habrán querido regalar la luna? Y de respuesta, tantas veces, una sonrisa incrédula, pero vanidosa, por poder siquiera hacer pensar a alguien ser merecedor de algo tan bonito.
Mientras camino hacia casa y se me ocurre, esperando el semáforo, mirar hacia el cielo, la veo allí, solemne y constante, y pienso cuánta gente la estará viendo en este momento. Quizás debería pensar lo mismo con el sol, pero sólo me sucede con la luna. Una vez me contaron una historia de una pareja que estaba lejos, y él, nostálgico, pensaba, mientras su novia vivía miles de experiencias nuevas, que por lo menos estarían viendo la misma luna. Tal vez sean todas aquellas canciones que hablan de lunas llenas, y de besos prohibidos en lugares escondidos que sólo la luna y los interesados pueden ver, los que me influyen un poco en esta fascinación. Esa dulzura que empieza con canciones y acaba envuelta en miel, para describir el amor de los recién casados.
También puede que tanto romanticismo sobre en mi actualización, para no engañar a los lectores, y debiera mencionar a la luna por otros encantos derivados de su inexplicable poder que tanto influye en muchas decisiones cotidianas de la gente de esta tierra. Su poder para crear mareas, moviendo la inabarcable masa de agua de nuestras costas, formando las mareas vivas, esas que destacan por su actividad y atracción. La luna nos recomienda los días más aptos para una buena vendimia, o incluso para la poda. Hasta cortar el césped o abonar o arar el suelo resultará mejor o peor depende de las fases lunares. Es curioso que las mujeres dependamos también de la luna, de esa reina indiscutible de la noche, para nuestros ciclos; y también existen creencias que le atribuyen poder sobre los partos, es decir, sobre el inicio de una nueva vida. O a lo mejor, no son todos estos efectos más o menos comprobados, sino las leyendas de los lobishomes (hombre lobo), seres misteriosos y normalmente buenas personas hasta que la luna llena hace su papel, las que hacen que el satélite me produzca esa inexplicable y hasta mágica admiración.
