Mano sobre cubo periódico al fondo

Me fijé en ellos nada más llegar a la estación. Allí, en el andén, estaban los dos muy juntos. No sé porque mi mirada se posó en ellos. Uno era alto, llamativamente alto y con la espalda muy curvada; el otro, esperaba bajo el brazo del primero, liso, doblado, con sus inconfundibles letras por todas partes. Los seguí mientras subían al tren, y ¡oh, casualidad!, se sentaron en un ángulo perfecto para que mi mirada inquieta hiciera de las suyas.

En un primer momento sólo los miraba, haciendo caso omiso a la conversación de mi acompañante. Un conjunto perfecto: un hombre leyendo el periódico, ajeno al mundo, y a su vez, tan dentro de él. Mi imaginación voló. Primero me centré en aquel señor. Rondaría los setenta años. Era alto, antes dije que con espalda muy curvada, pero en realidad era una inmensa joroba. Su presencia imponía, era elegante. Imaginé que aquella persona amaba el periodismo, pero que una vida poco acomodada le habría obligado a dedicarse a un trabajo que no le gustaba, y a dejar de lado su verdadero sueño: ser periodista. En mi pensamiento aquel hombre escribía cada noche una historia distinta, y luego las guardaba en un cajón porque nunca había confesado a nadie su verdadera pasión. Lo envidiaba. Aquel hombre había tenido tiempo de comprar el periódico, y más aún, tenía tiempo de leerlo. Yo aquel día ni siquiera había comido. Entonces, aquel señor debió percatarse de que la loca del asiento de enfrente no dejaba de mirarlo, y decidió poner fin a aquello, me miró a los ojos y yo no puede hacer otra cosa que apartar la vista. Cambié de objetivo.

Mi pensamiento se centró ahora en lo importante. Aquel conjunto depáginas arrugadas era ahora el centro de mis fantasías. Primero pensé que aquel periódico no tenía grapas; a mí lo de las grapas me gusta, con lo desastre que soy éstas evitan que pierda los papeles, pensé. Después volví a tener envidia de aquel hombre, pero me centré de nuevo en el papel. Imaginé que diría hoy Enric después de que ayer sorprendiera a todos los hipotéticos lectores con que sus jefes le habían ofrecido cambiar de trabajo; sería estupendo saber qué escribe hoy, cuando llegue a casa, volví a pensar. Así seguí un rato, hasta que me di cuenta de que ya no oía a mi acompañante. Aburrido de que no le prestara atención se había callado. Decidí volver al mundo.

Así llegué hasta Sol. Cuando bajé del tren me di cuenta de que mis dos compañeros de viaje iban delante de mí. Volví a seguirlos con la mirada. Mis ojos se fijaron en el compañero de viaje del conjunto de páginas sin grapas, y de repente: mano sobre cubo periódico al fondo. ¡¡¡Nooo!!! Me descubrí gritando. ¿Qué haces?, me preguntaron. ¡Lo ha tirado, yo lo quería, podía habérmelo dado! Que aquel señor, periodista frustrado en mi mente, me hubiese dado su periódico en lugar de haberlo tirado a la basura no era una opción muy realista, pero podía haberlo dejado en su asiento para que el siguiente pasajero lo leyera, como tanto otros periódicos. Podría haberlo compartido, podría haberlo guardado y dárselo a alguien al llegar a casa. No tendría que haberlo tirado. Mientras subía las escaleras era yo quien lo miraba él sin quitar la vista, quería averiguar el porqué. No obtuve respuesta.

Al salir a Sol y encarar Montera destino final calle Hortaleza olvidé a un compañero de viaje y pensé dónde estaría el otro. Cuando de noche volvía a casa, no leí a Enric.

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